Siempre he creído que el verano dice mucho de un distrito. Dice si dejamos a nuestros niños a la deriva o si les abrimos oportunidades. Durante años, como vecino de Carmen de la Legua Reynoso, me preocupó ver que los meses sin clases se convertían en tiempo perdido: largas horas sin rumbo, padres buscando cómo ocupar a sus hijos y jóvenes con energía, pero sin espacios donde canalizarla. Esa realidad no podía seguir siendo normal.

Por eso, cuando pensamos en los Talleres de Verano, la idea fue clara: que el verano no sea una pausa vacía, sino una oportunidad real para aprender, crecer y convivir mejor. Hoy, caminar por el distrito en las mañanas y ver a los niños llegar temprano con sus mochilas, ver a los jóvenes concentrados en sus actividades y a las familias tranquilas, confirma que la decisión fue la correcta. Este verano es distinto. Y se nota.
Más de 1,000 niños y jóvenes están viviendo una experiencia que no solo ocupa su tiempo, sino que los forma. No se trata de entretener por entretener, sino de acompañar procesos, despertar talentos y fortalecer valores que quedan para toda la vida.
Cuando el verano deja de ser tiempo perdido
Siempre me hice una pregunta sencilla: ¿qué pasa con nuestros niños cuando el colegio se detiene? La respuesta no siempre fue buena. Por eso, este verano decidimos llenar el distrito de movimiento, aprendizaje y constancia. En cada sede se siente el esfuerzo. Se ve a niños concentrados, a jóvenes comprometidos y a profesores acompañando con paciencia.
Aquí nadie aprende sin equivocarse. Verlos intentar, fallar y volver a intentar es parte de lo más valioso del proceso. Eso también es educación. Invertir en estos talleres es apostar por disciplina, respeto y convivencia. Cada actividad tiene un enfoque distinto, pero todas apuntan a lo mismo: formar personas más seguras, responsables y comprometidas con su entorno.
Actividades que forman más que habilidades
Cuando diseñamos los talleres, no pensamos solo en qué enseñar, sino en para qué. En el deporte, como fútbol y karate, no se aprende solo a competir, se aprende a respetar reglas, a trabajar en equipo y a entender que el esfuerzo vale más que el resultado.
En los talleres culturales, como canto y expresión artística, he visto a niños perder el miedo, levantar la voz y descubrir habilidades que antes no se animaban a mostrar. En ajedrez, robótica y francés, la curiosidad se enciende y el pensamiento se expande. Y en estimulación temprana, los más pequeños reciben el acompañamiento que muchas veces marca la diferencia en sus primeros años.

Cada taller deja algo más que una técnica. Deja hábitos, confianza y carácter. Eso es lo que realmente importa.
Poner a la niñez y juventud en el centro
Nada de esto tendría sentido si las familias no confiaran. Ver a padres y madres acompañar, esperar y participar demuestra que estos espacios se sienten seguros y bien cuidados. Apostar por talleres de verano no es solo ocupar el tiempo libre, es prevenir riesgos y estar presentes cuando más se necesita.
Siempre he sostenido que cuando las oportunidades llegan a tiempo, los caminos se vuelven más claros. El desarrollo del distrito no empieza en las obras grandes, empieza cuando cuidamos a nuestra niñez y acompañamos a nuestra juventud con alternativas positivas.
Espacios que fortalecen comunidad
Algo que valoro mucho es ver cómo estos talleres también han unido a las familias. Las sedes se han convertido en puntos de encuentro. Se conversa, se comparte y se vuelve a sentir barrio. Donde hay actividad, hay presencia. Y donde hay presencia, hay cuidado.
Cuando la comunidad se involucra, el distrito se fortalece sin necesidad de grandes discursos. Estos espacios ayudan a reconstruir la convivencia y el sentido de pertenencia que tanto necesitamos.
Invertir hoy para no lamentar mañana
Invertir en educación, deporte y cultura es una decisión que siempre rinde frutos. Cada niño que aprende algo nuevo y cada joven que descubre una habilidad es una señal de que vamos por el camino correcto. Son pequeños avances diarios que, sumados, construyen un distrito más fuerte y más humano.
Este no es un verano cualquiera. Es un verano que forma, que cuida y que abre oportunidades. Y mientras siga viendo a nuestros niños llegar temprano, con ganas y con ilusión, tendré claro que apostar por ellos siempre será la mejor decisión para el futuro de Carmen de la Legua Reynoso.
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