Cuando camino por un parque y veo a un niño sonreír mientras se lanza por una resbaladera o empuja su carrito junto a otros, confirmo que jugar no es solo diversión, es un derecho, una herramienta de desarrollo y un puente de integración. En Carmen de la Legua- Reynoso creemos en eso. Por eso, como alcalde, me propuse que ningún niño se quede fuera de los espacios públicos por tener una discapacidad o condición especial.
Hoy me llena de orgullo contarles que hemos sido reconocidos a nivel nacional por el Ministerio de Vivienda y la Comisión Multisectorial del Plan Nacional de Accesibilidad, quienes nos otorgaron el galardón de Buena Práctica en Accesibilidad Universal. Este reconocimiento no es para mí, es para todo un distrito que decidió avanzar sin dejar a nadie atrás.
Un parque donde todos pueden jugar
Uno de los espacios que mejor representa nuestro compromiso es la Plaza Miguel Grau, donde construimos el primer parque infantil inclusivo del distrito. Ahí instalamos juegos adaptados, señalización en braille, rampas accesibles, pisos de caucho para mayor seguridad y luces LED. No fue solo una remodelación: fue la creación de un espacio donde todos los niños, sin importar sus habilidades físicas o sensoriales, puedan jugar en igualdad de condiciones. Ese diseño pensado en la diversidad envía un mensaje claro como distrito: aquí nadie queda atrás, todos tienen un lugar.
Más de 3,000 niñas y niños ya se han beneficiado de este parque, y cada semana veo a familias completas disfrutarlo con orgullo y tranquilidad. Esas escenas —niños que antes no tenían un espacio adecuado, ahora compartiendo juegos y risas— son el verdadero motor para seguir impulsando políticas públicas con rostro humano. Cada sonrisa, cada abrazo, cada tarde familiar en este parque reafirma que la inclusión funciona cuando se transforma en acciones concretas que mejoran la vida diaria de la gente.

Incluir también es educar
A veces pensamos que la inclusión solo consiste en construir rampas o modificar estructuras. Pero va mucho más allá. Se trata de formar una ciudad que entienda la diversidad como una riqueza y no como un problema. Cuando los niños crecen jugando juntos, aprenden desde temprano a respetar las diferencias, a mirar con empatía y a convivir sin prejuicios. Esa educación silenciosa, que nace en un columpio o en un juego compartido, vale tanto como cualquier lección en el aula y marca la manera en que se construirán sus relaciones en el futuro.
Por eso, estos espacios inclusivos también tienen un enorme valor social: unen a las familias, fortalecen la comunidad y nos demuestran que el derecho al esparcimiento debe ser para todos. Cada niño que se siente parte, cada familia que ve a su hijo disfrutar, cada vecino que convive sin distinciones, nos recuerda que incluir es educar. Es preparar un distrito más justo, más solidario y más humano para las próximas generaciones.
Inspirarnos para avanzar
Sé que aún hay mucho por hacer, y estoy decidido a seguir abriendo caminos. Mi compromiso es continuar creando espacios seguros, accesibles y alegres; lugares donde las familias se encuentren y donde los niños descubran el mundo. Cada parque debe ser más que un espacio físico: debe ser una oportunidad para construir un distrito más unido, solidario y justo.
Cuando invertimos en accesibilidad, no solo colocamos rampas o juegos adaptados. Le decimos a cada niño que su presencia importa, que su alegría es prioridad y que no aceptamos que alguien quede al margen por una condición o limitación. Ese mensaje es poderoso, y es el tipo de mensaje que transforma la forma en que una ciudad se mira a sí misma.


