Una de mis mayores motivaciones para trabajar el orden y la limpieza del distrito nació mucho antes de estar en la alcaldía. Nació caminando por las calles como cualquier vecino de Carmen de la Legua Reynoso. Ver muros deteriorados, esquinas sucias y espacios públicos descuidados era una constante que incomodaba, pero que con el tiempo muchos habían aprendido a aceptar. Yo no podía.
Siempre me preguntaba por qué teníamos que acostumbrarnos a vivir así. Por qué lo público parecía no importarle a nadie. Y entendí algo clave: cuando el entorno se descuida, también se deteriora la forma en que vivimos y convivimos. Por eso, al asumir la alcaldía, una de mis primeras preocupaciones fue mejorar el orden y la calidad de vida. No porque se vea bonito, sino porque yo mismo, como vecino, sabía que era necesario.
El orden del distrito como una decisión clara de gestión
El orden no aparece solo. Es una decisión. Y también una señal. Cuando un distrito está limpio y cuidado, se nota que hay autoridad presente, planificación y respeto por la gente. Por el contrario, cuando el desorden se vuelve rutina, el mensaje es abandono.
Desde el inicio tuve claro que no se trataba de acciones aisladas. El problema no se resolvía con una limpieza ocasional o una jornada simbólica. Requería constancia. Trabajo diario. Presencia permanente en los barrios. Mantener calles limpias, veredas transitables y espacios públicos en buen estado es parte del trabajo cotidiano, no un favor ni una excepción.
Cada mejora, por pequeña que parezca, dice algo importante: aquí sí importa cómo se vive. Y ese mensaje, repetido todos los días, empieza a cambiar la relación de los vecinos con su entorno.
Limpieza y pintado: acciones simples que cambian la percepción
Muchas veces se subestima el impacto de limpiar y pintar. Se piensa que son detalles menores. La experiencia me ha demostrado todo lo contrario. Un muro limpio, una fachada ordenada o una calle bien cuidada cambian inmediatamente el ánimo del barrio.
He visto cómo zonas que antes eran evitadas vuelven a ser transitadas. Cómo los vecinos se sienten más tranquilos. Cómo el color y el orden devuelve vida a espacios que parecían olvidados. No es magia, es coherencia. Cuando el entorno mejora, las personas también cambian su actitud frente a él.
La limpieza no es solo una tarea operativa. Es una forma de respeto. Y cuando ese respeto se vuelve visible, la gente responde cuidando más su barrio.
Espacios públicos que vuelven a ser puntos de encuentro
Una de las mayores satisfacciones es ver plazas y parques nuevamente ocupados. Familias sentadas, niños jugando, adultos mayores caminando con confianza. Eso no ocurre por casualidad. Ocurre cuando los espacios públicos están limpios, iluminados y bien mantenidos.
Siempre he creído que un parque no debe ser un lugar abandonado ni un punto de conflicto, sino un espacio de encuentro. Cuando está descuidado, genera rechazo. Cuando se cuida, fortalece la convivencia. Mejorar estos espacios es también una forma concreta de prevenir problemas y de construir comunidad.
Un distrito que recupera sus espacios comunes es un distrito que vuelve a encontrarse consigo mismo.
Calidad de vida: una preocupación que se vive todos los días
Hablar de calidad de vida no es hablar de conceptos abstractos. Es hablar de lo cotidiano. De caminar tranquilo por la calle, de sentir que el barrio está cuidado, de vivir en un entorno que no genere estrés ni sensación de abandono. Esa preocupación la tuve siempre como vecino y hoy la mantengo desde la gestión.
Ordenar el distrito, mantenerlo limpio y bien cuidado es parte de una visión más amplia: envejecer con dignidad, criar a los hijos en un entorno sano y convivir en espacios que transmitan respeto. No es un lujo, es una necesidad.
La transformación real no siempre se anuncia. Se siente. Se siente cuando el distrito se ve distinto, cuando el ambiente cambia y cuando la gente vuelve a sentirse orgullosa del lugar donde vive. Ese es el cambio que vale la pena sostener todos los días.



